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A donde vamos?... valle o playa?Ver todas las fotos enviadas por Mauro>>
….Yo no sé si en todos los cursos escolares pasará lo mismo, pero los paseos de fin de año de la Degeneración del 85` eran realmente totales. En La Serena el clima comenzaba a cambiar en septiembre de cada año y las temperaturas se elevaban otorgando incipientes dorados veraniegos (la Maly, Sandra, la gorda y Fernanda la “llevaban” en estas materias). Sin embargo, era Noviembre y estaba todo dispuesto para el tradicional paseo de fin de año...sol, mar o valle quizás.
Pues bien, todo se iniciaba en un consejo de curso donde figuraba el San Pancho intentando conducir a la “manga” que esperaba la definición del lugar y la fecha del paseo. Mientras la Madame avanzaba en su pega de profesora jefe (siempre anotaba cosas que nunca supe para que eran), las opciones se debatían a viva voz para luego efectuar la votación. ¡Vicuña!. Noooooo, Vicuña, noooooo. Con ese “no” todo quedaba definido, ya que la otra opción era una carta fija: el camping de Morrillos.
A medida que la fecha propuesta se acercaba, evidentemente aumentaba la ansiedad y expectación. Nerviosos con todos los preparativos que había que dejar listo la noche anterior…que el saco de dormir, que las carpas, el protector solar (con eso nuestras madres no transaban) y algún copetito escondido por ahí, nos costaba conciliar el sueño. Así, los de La Serena se juntaban en el colegio y se subían al bus “Liserco”, mientras los de Coquimbo y La Herradura nos subíamos en el trayecto (a veces había que esperar al cabezón que llegaba algunos minutos tarde). Estábamos todos y por fin podíamos iniciar nuestro viaje. La Madame se sentaba en el primer asiento (como para no interferir con los niñitos) y el viento costero entraba por las escotillas del bus, un minibús con asientos de cubrepiso verde. Algunos conversaban, otros escuchaban música, salían galletas y bebidas, mientras que, “los de siempre”, achoclonados en el último asiento, sacaban cuentas para ver si las cooperaciones que llevaba cada uno alcanzarían para alegrar las actividades de la noche.
Con tanta conversa, no nos dábamos cuenta cuando llegábamos al camping. No recuerdo bien como nos repartíamos en las carpas (por ejemplo, no recuerdo donde dormía la Madame....dato clave), pero de pronto y casi como un acto mágico, todos nos movilizábamos para levantar nuestro campamento. Tengo algunos recuerdos de una carpa gigantesca para aquellos tiempos, de lona verde (del Aguirre al parecer), donde dormían como ocho sin ningún tipo de inconvenientes. En un abrir y cerrar de ojos estaba todo listo..., y faltaba como una hora para el almuerzo. Que hacemos? Algunos a la playa, otros en las carpas, sin embargo, a la una y media todos estábamos almorzando en una mesa larga el infaltable pollo asado con arroz.
El panorama de la tarde era fijo, todo el mundo a la playa. Recuerdo que cuando llegábamos y nos integrábamos al grupo, las chicas ya estaban tomando sol...oh, que capacidad tenían algunas de ocultarse tras el jumper. Luego de los necesarios minutos para acomodar los pensamientos y retomar el control en este nuevo escenario, todo volvía a la normalidad, salían los cigarritos, la conversa y los chistes. En este ambiente grato nos bañábamos y compartíamos la tarde entera, sin advertir que estábamos lejos de nuestros respectivos hogares.
Las duchas para hombres y mujeres estaban contiguas, lo cual garantizaba un gueveo seguro. Tallas para ambos lados, risotadas, el jabón que de repente cobraba vida y volaba para el otro lado, o bien, te llegaba un chorro de agua helada por arriba del muro. Y a la salida?... nada, las chicas preocupadas de su pelo y nosotros intentando que no se nos quedara nada en el húmedo baño que, en cosas de minutos, recibía a toda la manga.
Así llegaba la esperada noche. Como si hubiese existido una organización previa (en realidad estábamos organizados por nuestros propios intereses), algunos partían a buscar un lugar adecuado para la fogata, un poco de leña y otros a recordar que se aceptaban cooperaciones, corriendo la voz donde sería el magno evento.
Un lugar relativamente alejado, cercano a la playa y al sur del camping, comenzaba a iluminarse con las llamas de la fogata. Era la llamada que, de apoco, iba acogiendo a sus adeptos envueltos el ponchos y ropas gruesas. Luego de algunos minutos, ya habíamos varios...,quién falta?....¡la Madame!, ..... eeeeeeeh, risas, luego salían algunos “nombres” vinculados con la pregunta, ¡el sapo!, ¡la negra!, ¡la ¡gorda!, ¡el gringo!, etc. Siempre había un emisario que los iba a buscar.
En ese momento salía una guitarra y comenzábamos a canturrear las típicas canciones de playa. El aire costero secaba nuestras gargantas y como era de esperarse, se daba inicio al desfile de los más diversos alcoholes: cerveza, pisco, vodka naranja, etc, bebíamos y la conversa daba para largo. Obviamente no puedo aportar muchos detalles más, ya que las “palabras” se me tornan un poco borrosas y por lo demás, se requiere de algunas omisiones necesarias. Abrazados, conversábamos en torno a cigarros colectivos, cantos y, de repente, una que otra risa contagiosa que rompía la conversa (generalmente la Maru).
Tras caer la noche y suficientemente cansados, a eso
de las cinco iniciábamos el regreso. Era toda una odisea llegar
a nuestro saco de dormir sin chocar con nada ni despertar a ningún
compañero. Además, nadie había tenido consideración
con los vientos de las carpas que en la noche, se transformaban en una
trampa mortal. De repente uno al suelo, risotadas, reclamos, disculpas,
retos, etc. Luego de media hora todo volvía a la normalidad y
no habían ruidos de cuerpos concientes.
El día siguiente era complejo y abrasador. La venganza de los que se habían acostado temprano no se hacía esperar......“despierten a esos gueones, más lo que molestaron anoche y ahora los lindos duermen como niños”. En un acto de total irresponsabilidad se iniciaban una serie de acciones cuyo resultado, inevitablemente, era la conciencia absoluta (ruidos, desarme de carpas, entre tantas otras).
La mañana era larga y algunos se iban a caminar hacia las rocas, otros a la playa y los más ordenados comenzaban a desarmar sus carpas. ¡Vamos al cerro de arena!, Nos dirigíamos hacia el norte donde había una duna de enorme magnitud y pasábamos la mañana jugando como niños, volando y rodando por la arena.
En fin, no quiero extender esta historia mas allá de lo necesario, sólo quiero compartir algunos gratos recuerdos con todos Uds., esos momentos inolvidables de nuestra adolescencia que acontecían en los paseos de fin de año. Un fuerte abrazo para todos,
Mauricio
Aguilera. |
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